lunes, 21 de mayo de 2018

La Doble A

Estaba sudando. Su rostro brillaba sutilmente bajo las luces cálidas de ese extraño y largo pasillo. Sus pupilas se dilataron para poder ver la pared que marcaba el final del camino, donde una extraña palmera miniatura se alzaba firme en un costado. 
Numerosos cargos por estafa, varios más por robo y unos cuantos más por apuestas ilegales. Con el dinero que le quedaba le pagó a uno de los mejores abogados del bajo mundo y logró tener arresto domiciliario. Claro la defensa había apostado por culpar a un grave alcoholismo el hecho de que Fernando hubiera cometido todos esos crímenes, por lo que también debía ir por dos años a reuniones con los AA.

  - Gire en el tercer pasillo a mano derecha.- Dijo el guardia de seguridad indicando con su mano rígida hacia un oscuro rincón del viejo y feo edificio.
La puerta del salón a donde tenía que ir estaba cerrado y frente a él, dos grandes letras "A" coronaban a la puerta. No quería tocarla, mucho menos entrar. Miró a su alrededor para dilatar el momento y vio el piso. "¿Qué serán esas asquerosas manchas oscuras en el alfombrado?" Pensaba Fernando mientras intentaba evitar la suciedad que lo rodeaba. Cuando movió los ojos de nuevo notó que su pie tocaba la mancha y quiso quitarlo, pero para su sorpresa el alfombrado se pegó como cemento a la planta de sus zapatos italianos. Fernando luchó contra la maldita mancha y logró, después de un largo forcejeo, separar a su pie del piso. El problema fue que su zapato no logró despegarse del alfombrado, llevándose un buen pedazo de la tela con el tirón. Lo que le preocupó a Fernando en ese momento, no fue el haber roto el alfombrado, sino que al hacerlo provocó un sonido de mediana intensidad, pero lo suficientemente fuerte como para crear movimiento al otro lado de la puerta. 

  - Hola... Oh, no, no sigas agitándolo. Permíteme. - El hombre tomó el pedazo de tela firmemente con ambas manos y volvió a dirigirse a Fernando.- Ahora tira, sí eso.- El pedazo logró despegarse, pero aun así dejó un manchón negro en la suela del zapato italiano de Fernando que nunca más saldría de ahí.
  - Gracias y... Lo siento por lo de la alfombra, pero había una mancha muy pegajosa y horrible y...
  - Sí, lo sé, te entiendo, hemos intentado limpiar esa mancha con todo, pero no pudimos sacarla con nada. Pasa y siéntate. Recuerda, este es un grupo de gente anónima, no le preguntes el nombre a nadie. Respetemos la privacidad de sus historias. 
Fernando asintió sin escuchar mucho, sólo tenía que saber que no debía involucrarse con nadie. Eso de no saber los nombres fue otra ventaja para él. No quería que nadie quisiera intentar hacer amistad con él. 
Se sentó e inmediatamente se sintió intranquilo. Sólo el llevaba un traje. "Por supuesto, probablemente en el año estos tipos no ganan lo suficiente como para comprar tres cuartas partes de este traje" Pensó Fernando con desprecio "Y lo que ganan se lo gastan en trago". Remató mientras dibujaba una sonrisa poco amable en su exfoliado semblante. 

 - ¿Quién quiere empezar? - Dijo el hombre que había ayudado a Fernando con su problema con la alfombra. - Qué tal tú. Eres nuevo aquí.- Un dedo acusador apuntaba a la cara de Fernando con sutileza que expresaba invitación más que acusación. 
  - Me gustaría escucharlos a ustedes antes de poder contar mi historia, quiero saber cómo funciona todo. 
  - Aquí no es necesario el halago sutil, pero lo dejaré pasar por esta vez. 

Un hombre pequeño alzó la mano. Tenía su rostro perfectamente afeitado, excepto por una fina línea negra que remarcaba sus gruesos labios y hacía que su enorme nariz resaltara un poco menos de su redondo rostro obeso. 

 - Yo empezaré.- Dijo el hombre con una profunda y encantadora voz, completamente contradictoria al sonido que debería haber tenido un ser como ese. 
  - Adelante hermano. - Gritaron todos al mismo tiempo, como si contestaran a un cura en misa. 
  - Debo partir con una triste confesión. De nuevo he recaído. - Mientras lo decía se ponía de pie y le entregó una moneda, con un enorme "100" en medio, al tipo que había ayudado a Fernando. 
  - Estamos decepcionados, pero orgullosos de tu honestidad. - Rezaron de nuevo, todos al unísono. Fue tanto la sincronía que resultó en una experiencia gregoriana. 
  - Cuéntanos cómo fue hermano. - Dijo el hombre a quien Fernando desde ahora llamaría "el guía"
  - no escatimes en detalles- se apresuró a agregar un delgado bicho raro ocupando la mitad de la silla en donde se sentaba, todo gracias a su monstruosa delgadez. La sonrisa que dibujó luego de su aporte a la conversación, sólo lograba adelgazar aún más su tétrica cara. 
El obeso volvió a hablar.
  - Todo comenzó hace un mes. Conocí a una linda mujer. Ella mostraba tanto interés en mí como yo en ella. Todo parecía ir de maravilla, hasta un día que quise sorprenderla. Hace unos dos días se me ocurrió llevarle un gran regalo para su departamento. Llegué al edificio con el anillo de matrimonio en mi chaqueta. Saludé al conserje y pasé rápidamente para tomar el ascensor que recién había abierto sus puertas para dejar a una madre y su hija a su destino. Entre solo a la pequeña habitación móvil. Los números del ascensor cambiaban tan lentamente que sentí que ya debía estar en la estratosfera. Los nervios me comían por dentro, la pequeña cajita dentro de mi bolsillo derecho hacía que mis manos sudaran. La puerta del ascensor se abrió y giro mi cuerpo hacia el pasillo y la veo besándose con otro. Se estaban despidiendo y el asqueroso descarado pasa por mi lado con un aire de felicidad y confianza que me asquearon. 
  - Oh, pero es comprensible ¡Eso haría que cualquiera quisiera ahogar sus penas en alcohol!- Interrumpió con poco tino Fernando. Todos se quedaron mirándolo con caras de reprobación. Fernando se sonrojó, pero endureció su cara para afirmar la idea de que no se arrepentía de su vergonzoso comentario. 
    - Bueno, siguiendo con todo- Continuó el obeso.- Al ver toda esta escena, no quise confrontarla. Así que tomé la puerta de emergencia y bajé por las escaleras. Llegué hasta el primer piso y caminé lentamente, hasta que llegué a un bar llamado "La Comarca", que está cerca de su departamento. Me gustaba especialmente un asiento de ese lugar, donde podías ver todo el bar y elegir a la siguiente...
     - ¡Oh! ¡Yo conozco ese lugar!- Dijo Fernando interrumpiendo una vez más.
    - Ejem... La cuestión es que miraba a mí alrededor y ahí estaba él. Con su sonrisa de mierda y su carita de comercial de perfume. Tomando cervezas con otros dos tipos. Ahí fue cuando ya no pude soportar la presión. Tenía que hacerlo.
       - Confesar es arrepentir.- Rezaron todos una vez más.
     - Después de un par de horas el hombre volvía a casa, se separó de sus amigos fuera del bar y caminó lentamente por el lado menos luminoso de la calle. Esperé el momento correcto y comencé a caminar más rápido que él. No era difícil porque estaba el hombre ya bastante ebrio.
     - ¿Y tú?- Dijo entre risas Fernando con un evidente tono de burla. Buscó entre su público a alguien que sonriera, pero todos estaban mirando al obeso, casi con ansias. 
    - Miré a mí alrededor, ya nadie andaba por las calles, así que tomé mi jeringa favorita y rápidamente le inyecte la dosis usual. 
       - Espera ¿Qué?- Preguntó atónito Fernando. 
     - Lo tomé desde los brazos y lo llevé hasta mi auto. Lo senté delicadamente en el asiento del copiloto mientras unos policías pasaban lentamente por la escena. Los salude e hice un rápido gesto con la mano indicando que había estado tomando, seguido de un gesto de resignación. Los policías sonrieron y continuaron su paso. La piel se me puso de gallina, no podía más de la emoción, me cegó completamente. 
       - Nos ciega a todos- Respondieron todos automáticamente. 
      -  Conduje al lugar de siempre y en el living de la cabaña, lo amarré con una tela suave pero firme. No quería dañar sus muñecas. 
Tomé un paño húmedo y lo pasé por sobre sus párpados. Sus ojos comenzaron lentamente a abrirse y ahí perdí el control. Vi su rostro de desesperación, de terror absoluto y no pude hacer otra cosa más que morder mis labios y saborear la pequeña gota de sangre que brotó desde mi propia piel. Su rostro era bello y quería mantener esa expresión para mí, para siempre. Tomé mi bisturí y comencé a cortar desde el centro de su frente, justo en su línea de cabello, hacia la derecha primero, con delicadeza, no podía distraerme con sus gritos, era esencial mantener la mano firme para no dañarlo. seguí bajando por sus patillas hasta tocar su cuello e ir por la línea que separa el cuello del mentón, de vuelta hacia arriba, tomando el camino igual, pero inverso, llegando hasta el lado izquierdo de su frente, cerrando el círculo. Con pinzas quirúrgicas comencé a remover la piel lentamente. Me iba a tomar horas, pero era la única forma. Por suerte el tipo dejó de gritar luego de un rato, no sé si había quedado inconsciente o si simplemente se había dado cuenta que él también podía ayudar en mi tarea. Para mantener la forma de la nariz, decidí cortarla desde el cartílago, lo que me dio una buena base para poder mantener esa fantástica expresión. Ahora su bello rostro era mío y en él no quedaba más que la fealdad. Debía deshacerme de todo lo feo para poder mantener lo hermoso prístino. 
Afuera mis perros comenzaron a llorar. Sintieron el olor a sangre y el hambre les invadió el estómago. Con sus pequeñas patas rasguñaban histéricamente la puerta de entrada de mi casa. Les di un grito y se detuvieron obedientemente. Ahora sólo escuchaba sus jadeos ansiosos al otro lado de la puerta. Fui a la cocina y comencé a calentar agua en una olla. Volví al living con un cuchillo en mi mano y saque todas sus horribles tripas. Sólo unos minutos en la olla le darían el sabor justo que mis perros aman. Con paciencia logré cocinar cada uno de sus interiores. Apenas estaba uno listo, lo lanzaba por la ventana del living hacía afuera, alejando a mis perros de la puerta, no quería más rayones en ella. Por suerte los perros toleran bien la carne, los músculos. Así que no necesito cocinarlos antes. Ellos lo prefieren crudo. A la mañana siguiente abrí la puerta de par en par y di el silbido de ataque. Entraron raudos a la casa y parte por parte, hueso por hueso, fueron a parar a las dulces bocas de mis pequeños. Quince hambrientas bocas que se alimentaban ansiosamente de la horripilancia que ensuciaba la casa. Cada uno llevaba contento en sus hocicos una parte de su premio, que probablemente enterrarían por ahí para comérsela luego. Nunca supe sus escondites, pero lo que realmente creo es que nunca dejaban nada que esconder. 
Ahora veo mi error. Luego de tranquilizarme quise volver a verla, pero ella no quería verme a mí. Mi acción no cambió nada, sólo me dio otro motivo para sentirme arrepentido y desgraciado. 

    - No eres tú, son los demonios que te controlan.- Contestaron todos frente al lamento del hombre. 
Fernando se levantó con un impulso sobrenatural de su silla. Su piel de solarium ahora no mostraba ninguna señal se haber tocado el sol alguna vez en su vida. Sus ojos completamente abiertos llenos de pánico ofuscaban lo azul que se habían vuelto sus labios, que no podían cerrarse del asombro. Respiró hondo y en un último acto de supervivencia, puso su cara más casual, recordando años y años de experiencia en mentir. 
   - Ahora que me doy cuenta, creo que estoy en el salón equivocado, permiso, chicos. Un gusto conocerlos. Linda historia ¿Eh, amigo?- Monologaba Fernando mientras retrocedía sin mirar en rumbo a la puerta de salida.
Una vez logró salir volvió a ver la mancha y ahora notó su color rojizo. No quiso pensar más al respecto. Salió del pasillo hacia el salón de entrada del edificio y notó un detalle que se le había escapado. El guardia dijo tres pasillos y luego mano derecha. Por instinto Fernando contó los pasillos de la derecha, sin darse cuenta que había uno extra en el lado izquierdo. "Entonces, técnicamente, no les mentí a esos hombres" Pensó en forma de alivio, al menos ahí dentro, no fue culpable de nada. Salió rápidamente de ahí. "Buscaré otra sede", se dijo a sí mismo mientras caminaba casualmente frente al guardia y salía del edificio. Una vez afuera, cuando su pie tocó la primera baldosa de la vereda, su cuerpo se congeló y dio una vuelta para mirar el edificio, como si fuera un interlocutor válido. 
     - ¿Habrá sido la primera A por asesinos y no por alcohólicos?
Prefirió no responderse la pregunta. Aprovechando el tiempo que le quedaba de permiso para estar fuera de casa, Fernando decidió caminar.
Volvió a casa como una hora después, luego de un rápido desvío a una botillería. Dejó las llaves en la mesa de entrada, junto a un pequeño bowl de mimbre donde dejaba su billetera. Se sentó en su silla del comedor y sacó su celular. Seis llamadas pérdidas. Era Margarita. 
    - ¿Qué pasó hermanita? Tengo un montón de llamadas perdidas.
    - Mario no ha vuelto Fernando, hace dos días que no sé nada de él. 
    - ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
    - Cuando me despedí de él en el departamento, saliendo hacia ese bar horrible al que siempre van ustedes.
     -  ... La Comarca.
     - Si, ese mismo. Apuesto que se fue con otra y me abandonó. No contesta su celular, ni sus mensajes, he intentado todo. Ya no sé que hacer hermanito.- Dijo Margarita rogando a Fernando como si fuera una fuerza divina. 
       - Mucho no puedo hacer desde la casa hermanita. - Dijo fingiendo sus sospechas Fernando.
       - Ay, espera, tocan la puerta. Debe ser este imbécil. - Margarita parecía sonar inmediatamente más aliviada.- Menos mal que te dignaste a aparecer conch... ¿Quién es usted? ¿Qué hace? ¡Levantese! ¡Deje de hacer el ridículo! ¿Qué? ¡No! No me voy a casar con usted ¿Qué le pasa? ¡No lo conozco! ¡Largo de mi casa gordo asqueroso! ¡Aléjate de mí!

Luego de eso sólo se escuchó un último grito, seguido de un largo silencio.



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