Estaba sudando. Su rostro brillaba
sutilmente bajo las luces cálidas de ese extraño y largo pasillo. Sus pupilas
se dilataron para poder ver la pared que marcaba el final del camino, donde una
extraña palmera miniatura se alzaba firme en un costado.
Numerosos cargos por estafa, varios más
por robo y unos cuantos más por apuestas ilegales. Con el dinero que le quedaba
le pagó a uno de los mejores abogados del bajo mundo y logró tener arresto
domiciliario. Claro la defensa había apostado por culpar a un grave alcoholismo
el hecho de que Fernando hubiera cometido todos esos crímenes, por lo que
también debía ir por dos años a reuniones con los AA.
- Gire en el tercer pasillo a mano
derecha.- Dijo el guardia de seguridad indicando con su mano rígida hacia un
oscuro rincón del viejo y feo edificio.
La puerta del salón a donde tenía que ir
estaba cerrado y frente a él, dos grandes letras "A" coronaban a la
puerta. No quería tocarla, mucho menos entrar. Miró a su alrededor para dilatar
el momento y vio el piso. "¿Qué serán esas asquerosas manchas oscuras en
el alfombrado?" Pensaba Fernando mientras intentaba evitar la suciedad que
lo rodeaba. Cuando movió los ojos de nuevo notó que su pie tocaba la mancha y
quiso quitarlo, pero para su sorpresa el alfombrado se pegó como cemento a la
planta de sus zapatos italianos. Fernando luchó contra la maldita mancha y
logró, después de un largo forcejeo, separar a su pie del piso. El problema fue
que su zapato no logró despegarse del alfombrado, llevándose un buen pedazo de
la tela con el tirón. Lo que le preocupó a Fernando en ese momento, no fue el
haber roto el alfombrado, sino que al hacerlo provocó un sonido de mediana
intensidad, pero lo suficientemente fuerte como para crear movimiento al otro
lado de la puerta.
- Hola... Oh, no, no sigas
agitándolo. Permíteme. - El hombre tomó el pedazo de tela firmemente con ambas
manos y volvió a dirigirse a Fernando.- Ahora tira, sí eso.- El pedazo logró
despegarse, pero aun así dejó un manchón negro en la suela del zapato italiano
de Fernando que nunca más saldría de ahí.
- Gracias y... Lo siento por lo de
la alfombra, pero había una mancha muy pegajosa y horrible y...
- Sí, lo sé, te entiendo, hemos
intentado limpiar esa mancha con todo, pero no pudimos sacarla con nada. Pasa y
siéntate. Recuerda, este es un grupo de gente anónima, no le preguntes el
nombre a nadie. Respetemos la privacidad de sus historias.
Fernando asintió sin escuchar mucho, sólo
tenía que saber que no debía involucrarse con nadie. Eso de no saber los
nombres fue otra ventaja para él. No quería que nadie quisiera intentar hacer
amistad con él.
Se sentó e inmediatamente se sintió
intranquilo. Sólo el llevaba un traje. "Por supuesto, probablemente en el
año estos tipos no ganan lo suficiente como para comprar tres cuartas partes de
este traje" Pensó Fernando con desprecio "Y lo que ganan se lo gastan
en trago". Remató mientras dibujaba una sonrisa poco amable en su
exfoliado semblante.
- ¿Quién quiere empezar? - Dijo el
hombre que había ayudado a Fernando con su problema con la alfombra. - Qué tal
tú. Eres nuevo aquí.- Un dedo acusador apuntaba a la cara de Fernando con
sutileza que expresaba invitación más que acusación.
- Me gustaría escucharlos a ustedes
antes de poder contar mi historia, quiero saber cómo funciona todo.
- Aquí no es necesario el halago
sutil, pero lo dejaré pasar por esta vez.
Un hombre pequeño alzó la mano. Tenía su
rostro perfectamente afeitado, excepto por una fina línea negra que remarcaba
sus gruesos labios y hacía que su enorme nariz resaltara un poco menos de su
redondo rostro obeso.
- Yo empezaré.- Dijo el hombre con
una profunda y encantadora voz, completamente contradictoria al sonido que
debería haber tenido un ser como ese.
- Adelante hermano. - Gritaron
todos al mismo tiempo, como si contestaran a un cura en misa.
- Debo partir con una triste
confesión. De nuevo he recaído. - Mientras lo decía se ponía de pie y le
entregó una moneda, con un enorme "100" en medio, al tipo que había
ayudado a Fernando.
- Estamos decepcionados, pero
orgullosos de tu honestidad. - Rezaron de nuevo, todos al unísono. Fue tanto la
sincronía que resultó en una experiencia gregoriana.
- Cuéntanos cómo fue hermano. -
Dijo el hombre a quien Fernando desde ahora llamaría "el guía"
- no escatimes en detalles- se
apresuró a agregar un delgado bicho raro ocupando la mitad de la silla en donde
se sentaba, todo gracias a su monstruosa delgadez. La sonrisa que dibujó luego
de su aporte a la conversación, sólo lograba adelgazar aún más su tétrica
cara.
El obeso volvió a hablar.
- Todo comenzó hace un mes. Conocí
a una linda mujer. Ella mostraba tanto interés en mí como yo en ella. Todo
parecía ir de maravilla, hasta un día que quise sorprenderla. Hace unos dos
días se me ocurrió llevarle un gran regalo para su departamento. Llegué al
edificio con el anillo de matrimonio en mi chaqueta. Saludé al conserje y pasé
rápidamente para tomar el ascensor que recién había abierto sus puertas para
dejar a una madre y su hija a su destino. Entre solo a la pequeña habitación
móvil. Los números del ascensor cambiaban tan lentamente que sentí que ya debía
estar en la estratosfera. Los nervios me comían por dentro, la pequeña cajita
dentro de mi bolsillo derecho hacía que mis manos sudaran. La puerta del
ascensor se abrió y giro mi cuerpo hacia el pasillo y la veo besándose con
otro. Se estaban despidiendo y el asqueroso descarado pasa por mi lado con un
aire de felicidad y confianza que me asquearon.
- Oh, pero es comprensible ¡Eso
haría que cualquiera quisiera ahogar sus penas en alcohol!- Interrumpió con
poco tino Fernando. Todos se quedaron mirándolo con caras de reprobación.
Fernando se sonrojó, pero endureció su cara para afirmar la idea de que no se
arrepentía de su vergonzoso comentario.
- Bueno, siguiendo con todo-
Continuó el obeso.- Al ver toda esta escena, no quise confrontarla. Así que
tomé la puerta de emergencia y bajé por las escaleras. Llegué hasta el primer
piso y caminé lentamente, hasta que llegué a un bar llamado "La
Comarca", que está cerca de su departamento. Me gustaba especialmente un
asiento de ese lugar, donde podías ver todo el bar y elegir a la siguiente...
- ¡Oh! ¡Yo conozco ese
lugar!- Dijo Fernando interrumpiendo una vez más.
- Ejem... La cuestión es que
miraba a mí alrededor y ahí estaba él. Con su sonrisa de mierda y su carita de
comercial de perfume. Tomando cervezas con otros dos tipos. Ahí fue cuando ya
no pude soportar la presión. Tenía que hacerlo.
- Confesar es
arrepentir.- Rezaron todos una vez más.
- Después de un par de
horas el hombre volvía a casa, se separó de sus amigos fuera del bar y caminó
lentamente por el lado menos luminoso de la calle. Esperé el momento correcto y
comencé a caminar más rápido que él. No era difícil porque estaba el hombre ya
bastante ebrio.
- ¿Y tú?- Dijo entre
risas Fernando con un evidente tono de burla. Buscó entre su público a alguien
que sonriera, pero todos estaban mirando al obeso, casi con ansias.
- Miré a mí alrededor, ya
nadie andaba por las calles, así que tomé mi jeringa favorita y rápidamente le
inyecte la dosis usual.
- Espera ¿Qué?-
Preguntó atónito Fernando.
- Lo tomé desde los
brazos y lo llevé hasta mi auto. Lo senté delicadamente en el asiento del
copiloto mientras unos policías pasaban lentamente por la escena. Los salude e
hice un rápido gesto con la mano indicando que había estado tomando, seguido de
un gesto de resignación. Los policías sonrieron y continuaron su paso. La piel
se me puso de gallina, no podía más de la emoción, me cegó completamente.
- Nos ciega a
todos- Respondieron todos automáticamente.
- Conduje al
lugar de siempre y en el living de la cabaña, lo amarré con una tela suave pero
firme. No quería dañar sus muñecas.
Tomé un paño húmedo y lo pasé por sobre
sus párpados. Sus ojos comenzaron lentamente a abrirse y ahí perdí el control.
Vi su rostro de desesperación, de terror absoluto y no pude hacer otra cosa más
que morder mis labios y saborear la pequeña gota de sangre que brotó desde mi
propia piel. Su rostro era bello y quería mantener esa expresión para mí, para
siempre. Tomé mi bisturí y comencé a cortar desde el centro de su frente, justo
en su línea de cabello, hacia la derecha primero, con delicadeza, no podía
distraerme con sus gritos, era esencial mantener la mano firme para no dañarlo.
seguí bajando por sus patillas hasta tocar su cuello e ir por la línea que
separa el cuello del mentón, de vuelta hacia arriba, tomando el camino igual,
pero inverso, llegando hasta el lado izquierdo de su frente, cerrando el círculo.
Con pinzas quirúrgicas comencé a remover la piel lentamente. Me iba a tomar
horas, pero era la única forma. Por suerte el tipo dejó de gritar luego de un
rato, no sé si había quedado inconsciente o si simplemente se había dado cuenta
que él también podía ayudar en mi tarea. Para mantener la forma de la nariz,
decidí cortarla desde el cartílago, lo que me dio una buena base para poder
mantener esa fantástica expresión. Ahora su bello rostro era mío y en él no
quedaba más que la fealdad. Debía deshacerme de todo lo feo para poder mantener
lo hermoso prístino.
Afuera mis perros comenzaron a llorar.
Sintieron el olor a sangre y el hambre les invadió el estómago. Con sus
pequeñas patas rasguñaban histéricamente la puerta de entrada de mi casa. Les
di un grito y se detuvieron obedientemente. Ahora sólo escuchaba sus jadeos
ansiosos al otro lado de la puerta. Fui a la cocina y comencé a calentar agua
en una olla. Volví al living con un cuchillo en mi mano y saque todas sus
horribles tripas. Sólo unos minutos en la olla le darían el sabor justo que mis
perros aman. Con paciencia logré cocinar cada uno de sus interiores. Apenas
estaba uno listo, lo lanzaba por la ventana del living hacía afuera, alejando a
mis perros de la puerta, no quería más rayones en ella. Por suerte los perros
toleran bien la carne, los músculos. Así que no necesito cocinarlos antes.
Ellos lo prefieren crudo. A la mañana siguiente abrí la puerta de par en par y
di el silbido de ataque. Entraron raudos a la casa y parte por parte, hueso por
hueso, fueron a parar a las dulces bocas de mis pequeños. Quince hambrientas
bocas que se alimentaban ansiosamente de la horripilancia que ensuciaba la
casa. Cada uno llevaba contento en sus hocicos una parte de su premio, que
probablemente enterrarían por ahí para comérsela luego. Nunca supe sus
escondites, pero lo que realmente creo es que nunca dejaban nada que
esconder.
Ahora veo mi error. Luego de
tranquilizarme quise volver a verla, pero ella no quería verme a mí. Mi acción
no cambió nada, sólo me dio otro motivo para sentirme arrepentido y
desgraciado.
- No eres tú, son los
demonios que te controlan.- Contestaron todos frente al lamento del
hombre.
Fernando se levantó con un impulso
sobrenatural de su silla. Su piel de solarium ahora no mostraba ninguna señal
se haber tocado el sol alguna vez en su vida. Sus ojos completamente abiertos
llenos de pánico ofuscaban lo azul que se habían vuelto sus labios, que no
podían cerrarse del asombro. Respiró hondo y en un último acto de
supervivencia, puso su cara más casual, recordando años y años de experiencia
en mentir.
- Ahora que me doy cuenta,
creo que estoy en el salón equivocado, permiso, chicos. Un gusto conocerlos.
Linda historia ¿Eh, amigo?- Monologaba Fernando mientras retrocedía sin mirar
en rumbo a la puerta de salida.
Una vez logró salir volvió a ver la mancha
y ahora notó su color rojizo. No quiso pensar más al respecto. Salió del
pasillo hacia el salón de entrada del edificio y notó un detalle que se le
había escapado. El guardia dijo tres pasillos y luego mano derecha. Por
instinto Fernando contó los pasillos de la derecha, sin darse cuenta que había
uno extra en el lado izquierdo. "Entonces, técnicamente, no les mentí a
esos hombres" Pensó en forma de alivio, al menos ahí dentro, no fue
culpable de nada. Salió rápidamente de ahí. "Buscaré otra sede", se
dijo a sí mismo mientras caminaba casualmente frente al guardia y salía del
edificio. Una vez afuera, cuando su pie tocó la primera baldosa de la vereda,
su cuerpo se congeló y dio una vuelta para mirar el edificio, como si fuera un
interlocutor válido.
- ¿Habrá sido la
primera A por asesinos y no por alcohólicos?
Prefirió no responderse la pregunta.
Aprovechando el tiempo que le quedaba de permiso para estar fuera de casa,
Fernando decidió caminar.
Volvió a casa como una hora después, luego
de un rápido desvío a una botillería. Dejó las llaves en la mesa de entrada,
junto a un pequeño bowl de mimbre donde dejaba su billetera. Se sentó en su
silla del comedor y sacó su celular. Seis llamadas pérdidas. Era
Margarita.
- ¿Qué pasó hermanita? Tengo
un montón de llamadas perdidas.
- Mario no ha vuelto
Fernando, hace dos días que no sé nada de él.
- ¿Cuándo fue la última vez
que lo viste?
- Cuando me despedí de él en
el departamento, saliendo hacia ese bar horrible al que siempre van ustedes.
- ... La
Comarca.
- Si, ese mismo.
Apuesto que se fue con otra y me abandonó. No contesta su celular, ni sus
mensajes, he intentado todo. Ya no sé que hacer hermanito.- Dijo Margarita
rogando a Fernando como si fuera una fuerza divina.
- Mucho no
puedo hacer desde la casa hermanita. - Dijo fingiendo sus sospechas Fernando.
- Ay, espera,
tocan la puerta. Debe ser este imbécil. - Margarita parecía sonar
inmediatamente más aliviada.- Menos mal que te dignaste a aparecer conch...
¿Quién es usted? ¿Qué hace? ¡Levantese! ¡Deje de hacer el ridículo! ¿Qué? ¡No!
No me voy a casar con usted ¿Qué le pasa? ¡No lo conozco! ¡Largo de mi casa
gordo asqueroso! ¡Aléjate de mí!
Luego de eso sólo se escuchó un último
grito, seguido de un largo silencio.
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